Érase una Vez, un cuento con mucho drama y poca magia

Érase una Vez                                                                                                                         (Come Away, Brenda Chapman, 2020)

Nadie puede negar que los cuentos clásicos son textos que no importa cuánto tiempo pase, siguen vigentes en la manera de darnos una moraleja acerca de la vida.  Decenas de generaciones han crecido con los relatos de los Hermanos Grimm, Charles Dickens, J. M. Barrie o Lewis Carroll, por citar a algunos.

Justo de las plumas de esos dos últimos escritores salieron un par de historias inmortalizadas y reinterpretadas hasta el cansancio, como lo son Alicia en el País de las Maravillas (Carroll) y la obra Peter Pan y Wendy (Barrie), historias donde la fantasía servía como cierta reflexión acerca de la niñez, la pérdida de la inocencia y hasta la filosofía de la vida vistas desde un punto de vista mágico que suele comenzar con la frase “Érase una vez…”.

Lamentablemente, esa frase que da título a la nueva cinta de Brenda Chapman es lo único mágico que realmente funciona en su largometraje, cosa que es de extrañarse debido a la vasta experiencia que la realizadora tiene en cintas animadas como Valiente (2012) o El Príncipe de Egipto (1998), donde hace un mejor uso de esa mezcla entre el folklor, las leyendas y la fantasía.

Lamentablemente, esa frase que da título a la nueva cinta de Brenda Chapman es lo único mágico que realmente funciona en su largometraje, cosa que es de extrañarse debido a la vasta experiencia que la realizadora tiene en cintas animadas como Valiente (2012) o El Príncipe de Egipto (1998), donde hace un mejor uso de esa mezcla entre el folklor, las leyendas y la fantasía.

La premisa nos presenta a una familia, enfocándose en la dinámica de tres hermanos que disfrutan jugando en el bosque y creando sus propias historias con la imaginación. Sin embargo, cuando el mayor de ellos muere, Peter y Alice buscan hacer hasta lo imposible para salvar a sus padres de la pena que los consume. Así, se ven enfrentados entre la dramática realidad y la extraña belleza de las historias ficticias en sus mentes, dando pie a un intento de reinterpretación de un par de clásicos bastante fallido.

Al querer dar un contexto más serio a los orígenes del País de las Maravillas y de Nunca Jamás, Chapman y su guionista, Marisa Kate Goodhill, nunca encuentran ni el tono ni el rumbo correcto para relatarlo de la mejor forma cayendo en el cliché de un típico melodrama rebuscado que busca justificar las ideas de lo mágico con lo real pero que nunca las concilia, tratando de seguir los pasos de cintas como la regular Hasta Pronto Christopher Robin (Curtis, 2017) o la acertada Descubriendo el País de Nunca Jamás (Forster, 2004).

Sin embargo, este cuento dramatizado cae en una caricaturización mal hecha y forzadamente inclusiva de dos universos mágicos de esas dos obras populares que se entrelazan en un relato que da aires más de telenovela que de una fábula con un buen mensaje. Aunque su apuesta es arriesgada, en este caso no funciona bien.

Algo que no ayuda para nada son las actuaciones de los adultos, quienes en su afán de mantener ciertos aires o referencias a los relatos que hace alusión la cinta se portan de manera absurda o atorrante. Basta ver a Angelina Jolie, quien con lo poco que sale en escena resulta un tanto sobre actuada. Triste también es el caso de David Oyelowo, que si bien trata de hacer efectivo el drama de su personaje, se pierde en un culebrón melodramático poco creíble.

Dentro de este problemático filme, hay cosas que llegan a destacar en su producción y que no son tan malas. Ejemplo de eso es la fotografía que se emplea, donde las paletas de colores definen momentos muy específicos de las historias de estos dos niños y sus padres caídos en desgracia, así como el diseño de vestuario que resulta adecuado para la especie de “cuento de hadas” realista que proponen contar como una historia de orígenes de tan afamados cuentos.

La mayor moraleja que uno puede aprender de esta cinta es que a veces no es necesario reinventar o darle un tono serio a historias que no lo necesitan, ya que encontrar el tono adecuado entre la fábula y su magia contra el realismo de la vida diaria no es sencillo y puede dar como resultado un producto que mas allá de decentes valores de producción se hunde en la mediocridad del relato, remitiendo a intentos fallidos como El Cascanueces y los Cuatro Reinos (2018) o El Cazador y la Reina de Hielo (2016), que por mucho que intentan hacer esa mezcla, no encuentran la forma más efectiva para hacerlo.

Así, Érase una Vez falla en captar a las audiencias por ambos lados, ya sea a los niños y jóvenes por su falta de magia y exceso de melodrama cursi o a los adultos por la falta de interés y buen desarrollo de algo que a todas luces perdió la fantasía en el camino, haciendo de este cuento algo aburrido que carece de sentimiento, de moraleja y de una historia efectiva que tristemente pasará al olvido.

A.J Navarro

Por A.J. Navarro
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