Huérfanos de Brooklyn: el montaje tourettiano

Ambiciosa película estrenada el 1 de noviembre de 2019 en Estados Unidos y el 22 de noviembre del mismo año en México, deudora del noir clásico, escrita, producida, dirigida y protagonizada por Edward Norton a partir de la novela homónima de Jonathan Lethem publicada en 1999. Se trata de un relato detectivesco armado estratégicamente con los motivos característicos que el género provee, esta vez para reflexionar sobre múltiples temas recurrentes y algunos hasta agotados hoy en el cine: la corrupción, el abuso de poder, el racismo, la gentrificación y la mala praxis política, todo ello en el contexto de la sociedad estadounidense de los años cincuenta. El nivel de profundidad esforzado en cada uno de los complejos temas que aborda es variado, aunque la intención principal parece ser la exploración del personaje protagonista.

Lionel Essrog (Norton) es el detective que seguiremos durante dos horas y media por las frías y grises calles de Nueva York, investigando el asesinato de su gran amigo y mentor Frank Minna (Bruce Willis). Afectado por el síndrome de Tourette, “Freakshow” (como lo llaman sus colegas en la oficina) tiene problemas para ordenar sus pensamientos, es víctima de trastornos obsesivos, tics motores y fónicos involuntarios, expresiones obscenas, veloces rimas peculiares y dolores de cabeza que apacigua fumando marihuana. Sin embargo, posee diversas cualidades descubiertas por Minna: es sumamente inteligente, perspicaz, sensible, y posee una dotada memoria fotográfica que será clave en el seguimiento y resolución del misterio.

La visión desde la que Norton decide poner foco a la condición de su detective resulta un tanto contradictoria; extrañamente, la gente cercana a él parece no acostumbrarse ni tolerar sus síntomas (con excepciones), mientras que las personas desconocidas con las que va interactuando a lo largo de la película, casi no se inmutan por su comportamiento. Sea un cantinero en un bar de Harlem, un periodista en un evento político en el que Essrog busca pistas de su caso, o un viejo ingeniero venido a menos (Willem Dafoe) que le proporcionará información sobre quién está detrás de todo y le ayudará a unir las piezas del rompecabezas. No es hasta que una mujer envuelta en el misterio cae enamorada de él abruptamente cuando conviene utilizar el padecimiento como efectismo, consumado en una burda escena, para colmo mal montada, en la que ambos relatan mínimos detalles de su pasado y con ello se pretende que el espectador deba reaccionar de cierta manera específica.

Y es que en realidad su discurso apuesta un poco a los dos enfoques; por un lado, la afectividad que puede provocar la condición del personaje, sin que este sea dibujado como un enfermo sin posibilidades; por el otro, la búsqueda de empatía con él mediante su proceder sagaz, valiente, y, a fin de cuentas, heroico, impulsado por el mismo trastorno. A causa de esta ambigüedad, no se alcanza a conseguir un tono equilibrado en favor de la credibilidad del relato.

El ritmo de la historia y la continuidad de planos son generalmente fluidos, pero el conjunto no se siente uniforme debido a ciertas decisiones de montaje y puesta en cámara un tanto inoportunas. Mirando con atención, veremos que las propuestas visuales con las que compone el espacio en interiores pueden ser desastrosas, como la secuencia inicial en la que Frank se reúne con miembros del hampa neoyorquina; en ella, Norton y su cinefotógrafo, Dick Pope, hacen que la cámara niegue la identidad de los presentes (salvo la del personaje de Willis), intención genial pero estéticamente malograda al saturar la forma, optando por el desenfoque, entradas de luz mal proporcionadas, uso de la cámara en mano y desequilibrio general en la unificación de elementos en los encuadres. También nos encontraremos constantemente con cortes abruptos y planos “de relleno”, por usar una mala expresión, que no aportarán información nueva al relato ni encajan con el resto, evidenciando la poco inspirada labor de edición realizada por Joe Klotz.

Escrito esto, mencionaré aparte una curiosidad que llamó mi atención e indicó el título del presente texto: ocurre en una toma fija en la que la cámara muestra el universo en el que estamos (Nueva York, un cruce, edificios y autos andando), de pronto, la cámara brinca. La imagen se mueve poquito y brinca cuando claramente no debería hacerlo. Se debe a un accidente. Puede que haya sido gracias al movimiento de los autos y un pésimo estabilizador, puede ser que olvidaron corregirlo en edición o puede ser que Edward Norton y su equipo sean unos genios y todas estas inconsistencias y variedades de estilos tengan el propósito de dotar al filme de un montaje “tourettiano”: fuera de lugar, repleto de tics, caótico y desordenado, como hecho ni más ni menos que por el propio detective Essrog.

Ahora, no todo en su factura visual es reprochable. La mejor cara de la moneda la veremos a través de las escenas en la habitación de Lionel, bellamente iluminadas y elaboradas, con un gran manejo de la gama cromática y cuya constitución remite a las pinturas de Edward Hopper. La veremos también en las secuencias nocturnas de un Harlem de los cincuenta puramente jazzero, sus calles humeantes y luces cálidas apoyadas por una reconstrucción de época que resulta ser un punto fuerte del conjunto. Igualmente encontraremos la belleza de la película cuando suene Daily battles de Thom Yorke mientras el detective reposa la mente en su sillón encendiendo un cigarro de cannabis y dejándose absorber por un onirismo visual y auditivo digno de aplaudir.

En el apartado interpretativo, destacan el propio Norton, que demuestra su alto rango actoral y hace lo mejor que se puede hacer con el personaje, descrito en los primeros párrafos; Willem Dafoe como Paul Randolph un ayudante en el camino del héroe, que tiene razones personales para llevar a Lionel hacia el centro del misterio; Alec Baldwin como Moses Randolph, comisionado de obras y desarrollo corrupto y racista con intenciones de demoler vecindarios pobres y marginados para construir espacios residenciales; y Gugu Mbatha-Raw como una abogada de fuertes convicciones que lucha en contra de la “limpieza de negros” que pretende Randolph, sin saber que puede estar en el centro del incierto asesinato de Frank Minna.

Ficha técnica

Título: Huérfanos de Brooklyn (Motherless Brooklyn)

Director: Edward Norton

Guionista: Edward Norton (basado en Motherless Brooklyn de Jonathan Lethem)

Productor: Michael Bederman, Bill Migliore, Daniel Nadler, Edward Norton, Gigi Pritzker, Rachel Shane, Robert F. Smith

Música: Daniel Pemberton, Thom Yorke

Fotografía: Dick Pope

Montaje: Joe Klotz

País: Estados Unidos

Año: 2019

Por Ramsés Mercado Luna

Co-director de Casa Negra Cine, organizador y programador de Panorámica, Muestra Internacional de Cine Independiente. Escribe sobre cine en medios digitales.

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